Se suelen dejar pasar 2 o 3 trenes en la vida, pero quizás sería demasiado arriesgado dejar pasar un cuarto o un quinto y eso es lo que me pasa con cada nuevo anuncio de cartel del club de escucha de sonidos pausados y armónicos llamado Calma. Cómo a la enésima va al vencida, una soleada tarde de Sábado tocaría por fin flanquear el hinóspito camino que da acceso al centro alternativo de Zapadores, sito en las cercanía de Fuencarral, en un antiguo cuartel, para conocer de primera mano ya no solo la propuesta sino lo que es un club de escucha.

No comenzaré el relato sin pedir perdón expresamente a la práctica totalidad del line-up de la fiesta, entenderéis porqué pasadas unas líneas. De momento nos remontaremos a esa llegada al recinto del evento. Accedo mediante un vehículo de turismo con conductor por una carretera desierta flanqueada por asentamientos de salubridad dudosa, descampados y poco movimiento de personas. Pasando de largo la puerta conmino al conductor a que detenga el vehículo: He vislumbrado la discreta entrada y mi acompañante comenta entre el susto y el asombro

– ¿De verdad te quieres parar aquí? Por supuesto.

A mi derecha un pequeño parking y a mi izquierda una discreta entrada a un patio de armas donde ya puedo ver a diversos asistentes al evento sentados en mesas, sillas y paredes. La gente disfruta del sol y la charla calmada, dejándose llevar con cuentagotas hacia lo que se conoce como la cámara de escucha. Una estancia oscura, cuyo final no se intuye y delimitada por las pantallas donde se proyectan visuales. En el centro de la estancia un cuadrilátero sonoro y diferentes elementos y herramientas para realizar la inmersión en un ambient fulgurante de textura ruidista y toque pausado.

Hace un párrafo pedí perdón a la totalidad del line up ya que la conjunción de varios factores me hizo perderme en todo lo no musical del escenario: El respetuoso silencio de la cámara de escucha me arrojó hacía el sol y la animada conversación que se producía en los diferentes corrillos del patio de armas. Maridando el acto social una extensa barra con diferentes bebidas y comidas, con precios muy lejos del estandar de la capital: verdaderamente populares. La oferta gastronómica, a tenor de los comentarios de algún acompañante, más que correcta. Importante reseñar en este punto la imposibilidad de pagar con tarjeta, algo avisado desde la organización a lo largo de las horas previas, por lo tanto recomiendo ser previsor en este sentido para evitar disgustos, paseos y lloros innecesarios.

Una vez reconocido y analizado la parte exterior de la Calma, toca adentrarse en cuerpo y alma en esa llamada cámara de escucha de corte free tek raver (De ritmo más pausado, eso sí). La figura de Utopian, el dj encargado de cerrar la fiesta emerge solitaria ante un público compuesto de figuras fantasmagóricas y sombras. El silencio angustia, solo roto por personas que reparten pegatinas de Overdrive, y el dub-techno sinuoso lento inunda el ladrillo. Es tal la quietud que cada corrección de pitch supondría un puñal auditivo colosal. Pocas cosas ponen tan cachondo y dan tanto miedo a la vez que un público con las orejas abiertas y la atención desmedida. Esa es la situación inicial en esa cámara de escucha. Lo que pasó después es que Utopian realizó un viaje espiritual a caballo entre el ambient y los bpm lentos. El oyente hace tiempo que ha roto las hostilidades y está en pié aunque aun es tímido en sus conversaciones y pasos de baile hasta la llegada del loop final, roto en aplausos. El que hubiera ido buscando quemar suela, seguramente saliera decepcionado.

Si el coronavirus no lo impide, Calma ha dejado otra espinita clavada en mis oídos y si bien el terreno está explorado, no creo que deje pasar mucho tiempo sin una inmersión mucho más profunda y sosegada en ese universo de escucha pausada. La recomendación pasa por viajar a Zapadores sin mochila y en soledad. La experiencia completa seguramente se viva mejor en soledad, para comentarla después caminando en la soledad de Fuencarral.