No hay Navidad sin lotería, sin Tardebuena y Tardevieja, sin la Pdroche y su vestido, y en las primeras horas de un año nuevo, no solemos faltar a la cita de la típica «rave» a la que acuden desde distintos puntos de Europa para tirarse hasta los Reyes Magos a base de Teknival y estimulantes. Años a que se realizaban en la cementera de Buñol y otros parajes de la geografía peninsular. Este año no podría ser de otra forma y a los raveros más extremos les ha apetecido poner en el mapa la localidad barcelonesa de Llinars del Vallés.

La diferencia con respecto a otros años es que tan magna celebración se ha celebrado con el mundo inmerso en una pandemia que se ha llevado por delante a más de un millón de personas y ha dejado temblando las economías de medio mundo, y claro, lo que pasaba antes por un titular breve en el periódico local de turno y algún meme ocasional, en esta ocasión ha saltado a la primera plana del debate debido sobre todo a lo desafortunado de la celebración del evento en estas fechas tan complicadas.

Que los tertulianos de Ana Rosa y Susana Griso, junto con las señoras que compran fruta en el mercado de San Isidro y tus padres superconservadores educados en el Santa María del Pilar pongan cara de acelga y aprovechen lo soleado de estas Navidades para pasear su clasismo al ritmo de temazos del estilo «Putos Perroflautas» o «Solo van allí a drogarse» era una cosa que no sorprende a nadie. Pero en esta ocasión han aprovechado para sacar al justiciero que todos llevamos dentro (Bueno, lo llevan sacando desde Marzo) a una cantidad no desdeñable de gentes que en su vida diaria pasean orgullosos la bandera de la tolerancia, la diversidad, el buen rollito y el izquierdismo verdadero. Y es en estos comportamientos donde la sorpresa me ha causado un gran impacto.

Que se vincule la música electrónica en general con las drogas o que a este sector concreto cómo es de las Free Party se les considere cómo drogadictos o parásitos sociales no me causa ningún estupor, si me lo causa que esos adjetivos vengan de entornos en cierta medida progresistas que un Lunes se levantan con el A.C.A.B en Instagram y los Sábados entonan el «A por ellos» para que los antidisturbios saquen de las rastas o de lo que haga falta a los «piojosos» a los que se les ha ocurrido tamaña insensatez que intentar emular un concierto de Raphael, un paseo por la calle Preciados o un tardeo en Benalmádena. Claro que vivimos en épocas de poca chicha informativa y a muchos les ha dado por intentar poner la primera piedra de su tesis doctoral en forma de  ligerísimos análisis en 140 caracteres sobre si estamos hablando de pequeños burgueses a los cuales la merecida multa se las pagará padre y madre o sobre si la habitual tranquilidad de la policía ante estas situaciones venía debida a que alguno de los asistentes fuera poco menos que el hijo de la infanta Cristina, y es que al carro de la opinión se han apuntado todo tipo de estrellas de la red social del calibre de Ramón Espinar y todólogos de toda índole y condición que han llegado a comparar esto con un desahucio cómo si fueran cosas que se pudieran comparar alegremente; no en vano es la primera rave de estas características que ha sido casi narrada en directo gracias al trabajo de campo de periodistas cómo Anna Punsí y claro a más de uno que se creía que esto de las raves era subirse a la noria del Mad Cool pues ha visto el panorama y le ha dado un síncope. Pues señores así son las raves y que vuelvan en todo su esplendor cuando la situación sanitaria esté solucionada.