Para que que hablen bien de ti, solo tienes que morirte, dicen. Todo roto siempre tendrá un descosido, y los mayores hijos de la gran puta del planeta, seguramente y en privado, a la hora de su muerte, tendrán a alguien que los alabe: «Siempre saludaba». Estas últimas semanas, en la hoguera de las redes sociales, se quema la foto del archiconocido Dj americano: Erick Morillo. Por un lado, distintas personalidades del mundo de la «electronic dance music» se lanzaron a dar por buena la ley no escritas expresada en la primera frase, con la salvedad que, esta ocasión, la respuesta por parte de otro sector ha sido de total repulsa al personaje a causa de sus múltiples escándalos de índole sexual (Acosos, violaciones) por las cuales el dj iba a ser juzgado y a todas luces condenado (Sistema judicial estadounidense mediante). Cómo bien se ha expresado parte de la escena, ya está bien de canonizar a la persona después de muerta y expiarle los pecados así sin más; ya está bien de separar la persona del personaje.

No obstante, ejercer de abogado del diablo resulta siempre un ejercicio necesario. En el barrio de cualquiera existe seguramente otra ley no escrita: Si vas a por alguien, que se pueda defender. Se ha instalado una fea costumbre en la sociedad del Metoo que consiste en precisamente violar sistemáticamente este postulado. Erick Morillo se ha llevado a título póstumo varias acusaciones adicionales por parte de personalidades más o menos conocidas en este lado del charco: Dj Empress, Ida Engberg o Rebekah se han apresurado a sacar a relucir la mierda que guardaban debajo del colchón comprado hacer más de 15 años. Acertado sin duda en el fondo, desafortunado en la forma porque se le está negando al reo la oportunidad de su legítima defensa y viola un principio básico de la humanidad:

«Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en juicio público en el que se le hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa.»

En este mismo sentido, y con Erick Morillo cómo elemento sinérgico, nuevos escándalos surgen. Parece que Derrick May tiene su sitio en la hoguera de las redes reservado. Las informaciones, al principio confusas, luego más fundamentadas, apuntan a que tendríamos un nuevo depredador sexual abusando de su posición de privilegio. Las redes sociales ya han juzgado y condenado a la persona y al personaje y toca realizar de nuevo ese ejercicio de abogacía diablesca para poner una nota discordante y dotar de otro punto de vista a la cuestión. Me resulta fascinante cómo nos hemos apuntado al carro de la condena extrajudicial en ciertos sectores autoproclamados antifascistas, teniendo en cuenta que si ha existido una época en España en la que se juzgara en España al personal con dudosas garantías fue precisamente durante el régimen franquista. Claro que la diferencia es notable; antes acababas fusilado en La Almudena y ahora simplemente cancelado de la vida artística. Pero el mínimo común divisor de la cuestión es que nos apuntamos con la antorcha y la azada a la muchedumbre virtual a quemar al personal cómo se hacía con las brujas: Con la información sesgada, incompleta y negando la presunción de inocencia de los sujetos a enjuiciar; menos mal que somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar, quizás se libraron del fuego porque alguien se arriesgó a salirse por la tangente y ejercer de abogado del diablo.

Aun a pesar de que pueda parecer este texto un alegato de defensa del personaje, no deja de ser un alegato a la presunción de inocencia, leedlo 3 veces antes de quemarme en la hoguera.