No se podría escribir la historía de la cultura de club pasando por alto ese periodo de finales de los 1990 en los que confluyeron 2 elementos: El éxtasis y el «acid house», y dieron lugar a lo que se conoció cómo Segundo Verano del amor. Durante dos años, miles de jóvenes recorrieron la campiña inglesa. Hoy quiero intentar contar cómo deseo que sea nuestro primer Otoño del amor.

Como en tiempos de pandemia, aquellos jóvenes también sufrían los embates de una grave crisis económica y un futuro más que incierto. Proyectaron todo aquello alrededor de la autopista M25, se acuñó el termino «rave» tan prostituido en la actualidad y jugaron un pulso chino contra el Status-quo imperante, y lo ganaron a tenor de la relevancia que puede tener el movimiento clubbing estos días, aun a pesar que ese mismo status-quo perdedor juega a la estrategia de unirse al enemigo si no puedes con él.

La última expresión de rebeldía techno documentada ocurrió en 2018 en Tiblisi tras una serie de redadas en uno de los clubs más importantes del mundo: Bassiani. «No se cómo les ocurre montar una rave delante del parlamento simplemente por cerrar una discoteca» me comentaban, pero es que la «rave» improvisada no era una simple fiesta o manifestación, era un «aquí estamos y de aquí no nos vamos». El resultado seguramente positivo vista la relevancia que sigue adquiriendo la capital caucásica en cuanto a pedigree technero.

No es casualidad que en el mundo post-pandemía, el ocio y la cultura en general, y más en particular, las discotecas vayan a ser las últimas en recuperar el ritmo: Primeras en entrar y últimas en salir. Una suerte de «Pay Party Unit» (La división policial encargada de intentar contener el impulso de las raves en UK de 1990) se divisa en el horizonte ya que, al fin y al cabo, este tipo de culturas encarnan en sí mismas muchas de las cuestiones que a un estado que pretende controlar cada milímetro de la vida privada de las personas podrían resultar incómodas. La Covid-19 les viene que ni pintada para ir eliminando elementos incomodos, y empezarán por donde casi siempre. Es peligroso un club de 100 personas, pero no lo es meterte en el Metro o ir al trabajo. Es peligroso visitar a un familiar, pasear al crío o al perro, pero siempre menos peligroso que trabajar, dicen los expertos científicos.

La sociedad española, que ha vivido momentos intensos de contraculturalidad, hoy ha acogido con entusiasmo religioso el encierro, entregándose al hedonismo virtual para salvar el sistema sanitario hoy, en otoño ya veremos. La cultura española se ha dado al streaming fácil algunos; otros seguramente estén intentando darle vueltas a como va a ser el mundo a partir de verano porque a nadie se le escapa que la Covid-19 está suponiendo un torpedo a la línea de flotación cultural y no será en pos de la salud del prójimo sino porque ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, no dudarán ni un segundo en cargarse del mapa a un elemento que no suele caer del todo bien en según que estratos. Seguramente sea imposible ver en España movimientos como aquellos surgidos ante el cierre de totems de la noche y la mañana como pueden ser Fabric en Londres, cerrado tras varias muertes relacionadas con el consumo de drogas o Griessmuehle, pasto de la especulación inmobiliaria. Quizás porque siempre existió una línea invisible entre promotor y público que no permitió acoger los clubs en España cómo nuestra casa, por lo menos no lo suficiente para recaudar un mísero euro para nada. Esos clubs ahora son supermercados o simplemente ruinas.

Nunca se caracterizó eso sí España por ser un país que luche unido por sus raíces. Ahí está la tan querida y denostada Ruta del Bakalao que bien podría haber sido nuestro Verano del Amor, nuestra puesta de largo en el mundo. Si es cierto que con el revival HardTrance ciertos medios internacionales de calado han empezado a fijarse, 30 años después en ese fenómeno que debería de ser capítulo propio en cualquier Energy Flash que se precie y seguramente influencia de los herederos de la cultura.

Es precisamente a esos herederos de la cultura a los que le toca dar ese paso al frente en estos días. Con un estado de alarma que cada vez se entiende menos y se extiende en el tiempo más y con los políticos mirando hacia otro lado mientras la crisis económica se ventila un sector que da de comer a mucha gente, peces gordos y peces de coral. Sería triste que la subcultura Techno hubiera sucumbido tanto al capitalismo que no planteara lucha, que no la esté planteando ya en vez de mirarse el ombligo constantemente en Instagram Live, porque está en juego no solo el poder salir los Viernes a dejarte tu sueldo de miseria en lo que te de la real gana, está en juego mucho más que eso, libertad individual. Los ingleses de momento están cumpliendo con lo que se espera de ellos montando raves ajenos a casi todo, quizás en una actitud suicida, quizás con irreverencia pero han intentado marcar territorio, ese «Aquí estoy yo» que va en su ADN desde finales de los 80. Son esos herederos de nuestros 80s los que tendrán que salir del tedioso baile virtual y devolvernos la vida que nos gusta, la de la pista. Herederos, regaladnos el último baile, regaladnos el Primer Otoño del Amor. Y lo tendrán que hacer alejados de la zona de confort que da la oscuridad de un club de fumadores o una macrodiscoteca de polígono. La vuelta a la normalidad será Rave o no será. Ese es el guante que están mandando las instituciones y veremos quien es capaz de recogerlo en tiempos de pandemia, pero el que lo recoja escribirá la historia del movimiento, tendrá por fin su capítulo propio en Energy Flash.