Pocas cosas, o simplemente nada pueden marcar tanto la diferencia como el “set and setting” a la hora de encuadrar una experiencia musical en directo. Por eso el contexto del esperado paso del pianista islandés Ólafur Arnalds por Madrid no pudo ser mejor elegido. Un teatro, luz tenue y el público sentado apoyaron a las mil maravillas la propuesta intimista que propuso el alma mater de Kiasmos para desarrollar las dos horas de presentación de su último trabajo re:member.

Con el piano como elemento central, flanqueado por un cuarteto de cuerda, el apoyo puntual de la batería y dos pianos adicionales, el famoso sistema Stratus para controlar varios pianos al mismo tiempo, los juegos de luces dotando al montaje de la intensidad e intimidad requerida se empieza a desgranar la reinterpretación de cada uno de los temas de marcada tonada melancólica, trasladando al viajero a una carretera infinita entre glaciares, frío, bajo cero. Triste.

Si pudiéramos medir el éxito de cada propuesta con la capacidad de emocionar al espectador en cada pasaje sonoro, lo ocurrido en la plaza de Tirso de Molina supera cualquier calificativo que se pueda imponer a tal fin. Pena de aquella chica que indignada abandonaba el recinto al grito de “Vaya mierda, ninguna de Mozart”. Quizás estemos a tiempo de respetar la intimidad de un concierto de tinte clásico y nos dejemos la charla para el bar, pero aun no hemos conseguido que los españoles vayamos a los conciertos sabiendo quien se va a subir al escenario. Por suerte, aun quedan valientes que se gastan el dinero sabiendo como, cuando y donde.

Y este episodio ocurre en ese momento en el que el desarrollo musical ha alcanzado la intensidad requerida en esa interpretación magistral del tema que abre el disco y de mismo nombre, momento de ver cómo se activaban los dos pianos superiores, o de otras joyas de la corona cómo puede ser saman. Ocurrió después de que el público aportara su voz, transformada en pads sobre los que se desarrollaría el segundo tema del setlist.

Aquella chica había enfilado el camino del metro cuando aún restaban al menos 40 minutos de concierto, aun faltaba por ver la lluvia caer o por aguantar los dos minutos de reloj, con el público puesto en pié,  en una marcada ovación final. Pocos pueden presumir de esto, o de conseguir mantener al personal al borde del llanto durante casi dos horas. Quizás por esto, Ólafur trasciende en lo musical a los dogmas imperantes en el panorama musical moderno, tan acelerado, caótico y efímero como las marcas quieren que sea. Propone un oasis de pausa, calma, serenidad y color. Un oasis para pensar, una soledad del corredor de fondo al uso. Un valle del silencio entre los muros de asfalto de la sociedad occidental.