Consideremos el Hard Dance un conjunto de estilos musicales surgidos a principios de los 90 en el Reino Unido al abrigo de lo que estaba sucediendo en Alemania. Asumamos que las líneas maestras del estilo sería un ritmo 4×4 y un rango de bpm tirando a alto: Entre 150 y 230 bpm. Incluyamos en la ecuación a sus hijos, nietos y primos hermanos: Hard House, Hard NRG, Hardcore o Hardstyle por nombrar algunos.

Realizadas las presentaciones, me encuentro en el centro de la sala Caracol, asistiendo en primera persona a aquello que la prensa especializada y los podcasts al uso han venido avisando: El revival 2020 será Hard Dance o no será. La pista de baile es efervescente y adolescente, cómo hemos cambiado.

Los ejercicios de memoria y documentación tienen dos formas de realizarse: Desde el rigor o desde las vísceras. Me quedo con esto último para retroceder en el tiempo al inicio de los 2000. En España, a eso del Hard Dance y sus derivados se le ha llamado de toda la vida «Bakalao». Término que quizás haya englobado demasiados sub estilos musicales. Más concretamente a ese estilo inglés llamado Hard NRG se le conocía popularmente como «Poky», y mis neuronas arrojan dos lugares clave donde se podía uno perder en los miles de matices: Discotecas de extraradio madrileño como fueron Panic (En la sala Groove) o Radical, situado en la localidad toledana de Torrijos. Por aquellos tiempos, los de la zona Norte de Madrid gastábamos un clasismo soberano y considerábamos aquella música, aquellas discotecas, una escena de tercera división; otro deporte. Claro, nosotros frecuentábamos Deep o Danzoo y por allí pasaba lo más granado del Techno y del House: Los Hawtin, Mills y Villalobos de turno que venían a ser la contraparte inteligente a los megatrones, gogos, luces, pitiditos y vocales melosas que nos llegaban, ondas sonoras mediante, desde la zona sur de Madrid. El Techno, históricamente, siempre ha mirado con recelo los fuegos de artificio de los estilos masivos. Incluso la visita de todo un Oscar Mulero solía ser vista con cierto escepticismo entre lo más libretas ya que arrastraba cierto público más propio de la fiesta Naranja que de un club puntero. Las crónicas del día después siempre solían destacar el ambiente buenrollero de las pistas más eruditas, en contraposición de las batallas campales que, suponemos a tenor de los comentarios, se vivían parking para adentro en la periferia madrileña. Cosas de bakalas, masillas, mascachapas y demás apelativos que se solían verter los Lunes post-fiesta.

Quizás por ese clasismo, o ese regusto a Afganistan que desprendían las fiestas de Hard Dance, nunca fue un estilo considerado cómo medio serio, y ocurre que la ley de la vida impone que siempre llegará alguien por detrás y te dará una o varias lecciones. Los clubbers que estrenan la mayoría de edad han conseguido hasta el momento dos hitos relevantes en los últimos años. Han rescatado un estilo relegado al garito simplón de Huertas como el Reggaeton hasta el punto de hacerle tilin sonoro a quien corresponda y que suene en el cierro de uno de los eventos culturales y serios por antonomasia como es Electrónica en Abril; y empiezan a des estigmatizar el Hard Dance patrio que tan vilipendiado fue en su tiempo por público y prensa especializada.

Con todo esto asistimos a una curiosa paradoja temporal en la que una generación, con la nostalgia por combustible, apura su tiempo y revive momentos en fiestas de recuerdo del más variado pelaje. Eruditos en la materia trabajan las clásicas Overdrive o The Omen, mientras que la gran masa degusta a esos DJs que a primeros de siglo llevaron a España a ser capital en lo que a Hard Dance se refiere, y por favor, en horario de tarde que la descendencia obliga. Cerrando el círculo se encuentra la nueva generación de los Blastto y compañía que, ayudados por Boiler Room, y con el inestimable empujoncito de los selectores de moda que desempolvan una joya del Trance de los 90 en cada sesión, asoman la patita y re inventan el genero. Y dejamos fuera de la ecuación a todas las deconstrucciones posibles que se están realizando de cosas más extremas como puede ser el Gabba y sucedáneos del país de los tulipanes. No en vano, esa fina línea entre la Boiler Room y la asistencia mensual a la fiesta Hardstyle de Fabrik sigue planteando y alimentando el debate clasista que siempre ha rodeado a esta escena. Quiten las vocales y meten el Amen Break si quieren parecer cultos.

Si el Techno era la respuesta erudita al devenir de cantaditas y pitiditos que representaba el Hard Dance, vivimos la vuelta del camino andando en dos décadas. Hoy el Techno es mundano y accesible para todos los paladares. Se ha convertido en el hilo musical para parques de atracciones de la diversión, llámalos festivales, y la respuesta, el afán de diferenciación e innovación que va inherente al estilo, ha derivado en la incorporación de elementos hardcore. Una manera de segmentar, de servir en bandeja barreras de entrada ya que en el ADN technoide nunca se quiso estar en pantalla gigante, pocas veces se vio bien salir del bunker. El revival bakala, no deja de ser una consecuencia misma de lo comentado. La diferencia es que no es la propia escena la que necesita salir a respirar el aire fresco de la innovación sino que es una generación ajena a las peleas históricas la que es responsable de este devenir. Nuestros hermanos pequeños.

No podemos dejar de dar las gracias a Internet por vivir en el mejor instante temporal de la historia de la música electrónica, y entrecomilla este enunciado. Vivimos en esa huída hacia adelante creativa que provoca que los géneros musicales azoten la costa de nuestra corteza cerebral como si de la Costa Da Morte se tratara en una simbiosis constante de estilos y subgéneros: ¿Gabber indonesio? Por tanto quedan aun por dar unas últimas caladas a aquello que recordamos en la lejanía. Larga vida al Poky.