Muchos aún visionamos cada cierto tiempo aquel documental emitido en Canal + presentado por un joven Carles Francino titulado “Hasta que el cuerpo aguante” y cuentan en “Bacalao, historia oral de la música de baile en Valencia” que fueron precisamente reportajes de ese estilo los que mataron el espíritu de la ruta valenciana por antonomasia y seguramente muchos se queden en el envoltorio que la televisión les presentó en aquel momento. El famoso Emilio el cañero no aparece en el libro escrito por el periodista Luis Costa, pero sí podemos ver a Vicente Pizcueta o Clemente Martinez, tótems del negocio en aquella época de desenfreno.

No obstante para los que asocian la ruta con la eclosión del sonido Trance o makina este libro les abra una perspectiva puesto que, habrás intuido, la ruta no consistió precisamente en todo aquello que la televisión se empeñó en enseñar en los albores de la ruta. Hubo mucho más; algo mucho más interesante en la carretera que unía Valencia con localidades como Cullera. Luis Costa recoge testimonios sobre todo de los pinchadiscos y gestores de la época, la llegada de las nuevas drogas de diseño, las famosas “Mescalinas” y cómo la llegada de la Cocaína o las anfetaminas cambiaron el ambiente, aunque las opiniones drogófilas vertidas en el libro necesiten seguramente de una aclaración bastante sustancial que requerirían un análisis bastante más complejo que lo que pueda hacer aquí. No obstante seguramente sea necesario que alguien haga algo en ese sentido puesto que parece que las drogas tuvieron un peso importante en la opinión que se conserva de la ruta, tanto de su auge cómo de su caída y es probable que escarbar en el asunto descubra cosas muy interesantes al respecto.

El libro viene a cubrir sobre todo aquella parte de la historia que no llegaron a mostrarnos las televisiones por su falta de morbo, accidentes, muertos y sobredosis. Viene a cubrir también la parte menos festiva de la película, la más melómana, la de patearte tiendas de discos buscando el mejor material, la de escuchar las rarezas, la cara B de todas las partes. El lector no familiarizado con la época cómo es mi caso ampliará el universo musical que tenía en la retina; un universo sesgado a base de sesiones remember que te intentan trasladar a una época, pero que sí, pero no, al final del libro queda claro que no lo consiguen, porque en este caso será muy poco probable que la esencia de la ruta pueda ser reproducible, sobre todo porque todos y cada uno saldríamos escopetados asustados porque así somos los que nos quedamos en la cáscara del huevo que parieron New Order y Joy Division, pensando que dentro de ese huevo ya no teníamos yemas que llevarnos a la boca, que las teníamos y las hemos descubierto ahora.

Cómo en toda historia cultural española al respecto de la música electrónica, nos ha tocado escribir tarde. Cuesta hacer justicia con un movimiento que debería haber puesto a Valencia en el mapa, al igual que lo están Berlín, Manchester, etc. por lo innovador de lo que se cocía en el levante, que no lo supieron ver ni en las islas británicas y que tuvimos la suerte de que no llegaron para apropiarselo cómo suyo aunque el peaje por ello haya sido el ostracismo discográfico y bibliográfico general y que sólo sea un producto por y para nostálgicos, aunque sea justo contarle a los chavales de hoy en día que en este país hemos sido de lo mejorcito, referencia, aunque ahora corramos sin mirar atrás a lo que se hace en cualquier tugurio de Kreuzberg.

Las horas de lectura han pasado voladas, siempre acompañadas de la música del momento, que va siendo referenciada a lo largo de todo el escrito y de un mapa abierto para poder rememorar la eternidad en forma de noche sin fin que solo termina cuando se apaga la música y se enciende la luz.