Al final, en el trayecto que va desde la estación de tren de Valdebebas a la entrada del recinto del MadCool, reutilizado para la ocasión de la llegada de Metallica a la capital, te da tiempo a pensar mucho, y a odiar. Odio es incluso el sentimiento tras el cual te escudas cuando el sonido va y viene a merced del viento, en un descampado en medio de la nada, entre un aeropuerto y una ciudad dormitorio. Es justo en ese intervalo de tiempo eterno, en el que bordeas el recinto en su totalidad, o cuando horas más tarde intentas salir de allí a través de un semi espacioso túnel cuando decides abrir un espacio para la reflexión: ¿Hemos tocado techo en lo que a recintos masivos se refiere?.

La cuestión principal es que, la entrada del concierto que ofreció Metallica el pasado Viernes no se podría considerar barata. Si nos atenemos a los estándares en los que se mueve la industria musical de grandes plazas, deberíamos considerar su precio como en la media. Si nos atenemos a la cantidad de trailers apostados en varios descampados, unas pantallas LED de quitar el hipo y un amplio abanico de efectos visuales, a saber, cañones de fuego, lasers y fuegos artificiales, la cosa cambia y ¡Oye! Quizás nos atrevamos a decir aquello de: “Pues vale lo que cuesta”.

No obstante la realidad de este planteamiento de grandes recintos es muy distinta si somos de ese perfil de publico, considerado pueblo llano o con la suficiente cabeza como para no entrar al trapo de esa nueva era de zonas Very Important People a las que ahora les ha dado por llamar Golden Ring.  Mi realidad, nuestra realidad, no es más que ver la batería del grupo a vista de pájaro, como cuando eras pequeño y mirabas asombrado las carreteras que se iban alejando de tu vista mientras un avión de cualquier compañía aérea te llevaba a tu destino turístico favorito.

Una realidad plagada de colas, de precios de las consumiciones fuera absolutamente de mercado, de incomodidad. de cuadrar tus números para no regalarles ni un euro en esa atracción trilera en la que se ha convertido el famoso “token” por mucho que se intentara españolizar el termino. Y una realidad más aplastante si cabe que no es otra que vuelve, una vez más, a llover sobre mojado. Por el recinto y por la promotora organizadora del show: LiveNation, la cual se había estrellado estrepitosamente en ese mismo espacio 9 meses antes en la celebración del Mad Cool. Mismos problemas, mismas quejas, mismos precios y mismos asistentes.

La reflexión llega por tanto, a la espera que el público ejerza por fin su democrático derecho a veto de buitres carroñeros de la industria musical, en el sentido siguiente: ¿Merece la pena el despliegue de medios realizado para que te salga de allí tarifando un 75% del personal asistente? ¿Merece la pena imputar en tu clientela los fuegos de artificio importados de una industria sin alma?. A colación de la última polémica en torno al supuesto, y elevado, caché de Rosalía, el argumento principal era que “Si lo genera, adelante”, pero, ¿Lo genera realmente? o es lo que ocurre casi siempre, que la pirámide es soportada por los mismos esclavos que pasean su Síndrome de Estocolmo agudo pontificando a Amancio Ortega por 6 míseros euro la hora.  Hemos caído en la trampa de considerar ese verbo generar como válido cuando en realidad quiere decir sostenéis. Rosalía, Metallica y tantos otros, no generan: Son sostenidos. 

No será cuestión de empezar a plantearse que ese “Burro grande, ande o no ande” se ha convertido en un dinosaurio carnívoro que fagocita y engulle  cualquier conato de rebeldía y que quizás la respuesta sea, una vez más, la intimidad de una sala pequeña, la libertad de una rave cerca de un río o la melancolía de un músico callejero en una calle poco transitada.